UN
CUENTO DE AMOR
Apenas llegué a la redacción, me llamaron
para pedirme un cuentito de amor. ¿Un cuentito de amor?
Me senté frente a la máquina
de escribir y me puse a pensar, ¿qué amor? ¿entre quienes?
Bueno, lo pensaré, algo saldrá de todo esto, ¿podrá
ser un amor verdadero? ¿Y porqué no?
Cuentan que una mañana tibia
y soleada, caminaba lentamente, llevando en un carrito destartalado todas sus
pertenencias, un hombre cuya edad era un misterio escondido bajo gran cantidad
de cabello y barba.
Lo único que se le veían,
rodeado de arrugas producidas por el sol y los inviernos, eran dos ojos celestes
y alegres, que escudriñaban todos los rincones de la ribera del Sena,
quién sabe, siempre se encontraba algo.
Pensando en eso iba Pierre, cuando
a poca distancia vio una caja de zapatos apenas destapada. Rápidamente
se dirigió hasta ella, "Un par de zapatos" se dijo "no
importa que no sean nuevos, los que tengo, ya no se tienen unidos ni por los
cordones" sonrió.
Al llegar al lugar, sintió
un ruidito familiar, abrió la caja, y ahí enroscadito, estaba
un perrito peludo, flaco y tembloroso, que le lanzó una mirada desconsolada.
"Mi pequeñito, ¿qué
te han hecho? ¿Y tu madre? ¿Acaso te abandonaron para que yo te
encontrara?". Lo levantó de la caja y se lo puso entre sus ropas
raídas pero cálidas, el pobrecito estaba helado y muerto de hambre.
Lo primero que hizo fue lamerle las manos y desde ese momento se formó
un lazo de amor que nadie podría desatar.
Fue hasta el hogar de pobres, donde
solían darle un plato de sopa caliente, lo dejó a Leo, ya lo había
bautizado, entre sus cosas en el carrito y entró a buscar sopa y quizá
le dieran un poquito de leche tibia para su amiguito.
La moza que atendió el lugar,
comprendió lo que le contó Pierre y le arrimó una latita
con un poco de leche tibia. Demás está decir que en un momento,
ya estaba en la pancita redonda de Leo.
Así fueron pasando los días,
meses y años, Leo y Pierre, Pierre y Leo, eran una pareja ya conocida
por todos los habitantes del bajo mundo del Sena, y cuando se juntaban de noche
para dormir, Leo siempre estaba entre Pierre y sus amigos, era su mascota y
él ya los conocía a todos.
Pasaron las estaciones varias veces,
y Pierre ya no estaba tan ágil como al principio, Leo era el que lo guiaba,
atado a una cuerdita, porque también aquellos ojos celestes habían
perdido el brillo de la mirada.
Una noche , cruzaban la avenida,
hacia el Sena, para ir a encontrarse con los amigos de siempre, charlar un poco,
beber algún pastís y luego, más calientes por fuera y por
dentro, se recogerían a dormir.
Al cruzar la calle, un auto a gran
velocidad, desembocó de una callejuela y no se pudo detener ante Pierre
y Leo, arrastrándolos unos buenos metros.
Cuando la gente corrió,
encontraron a Pierre como dormido y a su querido perrito que trataba de darle
calor a su corazón. En sus ojos se podía ver el desconsuelo de
ese perro al ver el estado de su querido compañero.
Vino la ambulancia, llevó
a Pierre, muerto, y dejó a Leo en la calle.
Por supuesto los amigos de Pierre
lo recogieron y se lo llevaron con ellos, pero Leo estaba desconsolado, lloró
toda la noche y lo buscó entre los que dormían.
Pierre era un gran amigo para todos
ellos, muy querido y siempre buscando para acompañarlos o ayudarlos cuando
se encontraban en problemas, está de más decir que todos estaban
tan desconsolados como Leo. Alguien era amigo de alguien que a su vez era amigo
del sepulturero del Pierre Lachaise; y no se sabe cómo, pero encontraron
un rinconcito dentro de este viejo cementerio de París, para enterrar
al querido amigo.
A la mañana siguiente, bien
temprano, cuando llegaron los amigos acompañando al féretro de
Pierre, ya al lado del portal del P. Lachaise se encontraba Leo, temblando terriblemente
de frío y de pena. En cuanto entró el cortejo, él iba debajo
del cajón de su amigo llevado por sus compañeros.
Una vez terminada la ceremonia,
cada uno se fue retirando lentamente, pero Leo no estaba.
¿quizá dónde
habría ido? Algunos pensaban que se había ido a buscar nuevo patrón,
pero él estaba escondido entre las lápidas.
Una vez solo, se acostó
sobre la tumba de Pierre, como para darle el poco calor de su esmirriado cuerpito,
su amigo estaba helado.
Por la noche nevó abundantemente,
cuando por la mañana el cuidador llegó hasta la tumba de Pierre,
vio sobre la misma, una montañita de nieve con la forma alargada de un
perrito, se acercó más y de ella partían las huellas de
un par de zapatos rotos en su suela y cuatro pocitos con la forma de las patitas
de Leo.
El pobre sepulturero se quedó
paralizado, las huellas iban alejándose a medida que aparecían,
como si Pierre y Leo hubieran iniciado juntos el camino del nunca volver, siempre
juntos, siempre unidos por aquél lazo de amor que los había atado
para la eternidad.
¿No es acaso un cuento de
gran amor?
Belkys
"La
ignorancia es la única habilidad que no necesita perfeccionamiento"
Autor: Pablo Ciappa, opinador
contemporáneo.®